Si quieres alquilar hoy, tienes que restaurar

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Mi abuela murió hace ya un año, y su casa sigue vacía. Mi padre, que es ya mayor, ha decidido alquilarla, porque le da pena que eso siga allí, sin vida, sin alegría… Como las casas viejas que se caen a pedazos que hay al final del pueblo. Nosotros vivimos en Galicia, “la Galicia profunda” como la llaman algunos. Y las casas en las que vivían nuestros abuelos, se hacían con piedra y madera. En la parte de arriba, estaba la casa, en la de abajo, los establos, como toda la vida. Tenemos cocinas de leña, suelos de madera, chimenea, gallineros y terreno.

Cuando mi padre dijo de alquilarla, yo, que me muevo por lares más modernos, me preocupé. Le dije que la gente de ahora ya no busca estas cosas… Y no me equivocaba. Este fue el principio de toda una odisea, al final, tuvimos que tomar una decisión difícil y gastarnos dinero…

 

La primera visita

La primera visita fue un completo golpe de realidad. Era una pareja joven, estaban animados e ilusionados. Estaban buscando cumplir su sueño de vivir en una casa de campo, con sus animales y sus huertos… Cuando se bajaron del coche, no se les borraba la sonrisa de la cara. Venían de vivir toda la vida en ciudad, eso se notaba en cómo lo miraban todo: el paisaje, el silencio, el aire limpio… parecían encantados.

Yo los recibí con mi padre en la entrada. Él estaba orgulloso, enseñando la casa como si fuera un tesoro. Y en parte lo era, claro, pero un tesoro de otra época. Y eso pocos lo valoran.

Nada más abrir la puerta, ya noté cómo la chica fruncía un poco la nariz. No dijo nada al principio, pero ese gesto me lo dijo todo.

—Huele mucho a humedad, ¿no? —le susurró por lo bajo a él, como intentando que no nos enteráramos.

Entraron despacio, mirando hacia arriba, hacia los techos de madera. Se quedaban mirando cada hueco y cada separación, de la que colgaban algunas telarañas, como es normal.

—¿Y esto… se limpia a menudo? —preguntó él, intentando sonar educado.

Mi padre respondió con naturalidad, él no veía el problema.

—Claro, hombre. Pero esto es madera, siempre va a tener su cosa.

La chica no pudo evitar decirlo:

—Es que… me daría miedo dormirme aquí y que me cayera una araña encima.

No lo dijo con mala intención, pero dolió un poco. Porque tenía razón. En el campo hay arañas. Y algunas, son tan grandes que parece que tienen carnet de identidad. Si en cada madera hay un hueco, pues los bichos muchas veces se cuelan.

Seguimos enseñando la casa. La cocina de leña, el salón, las habitaciones… pero ya no era lo mismo. Ya solo estaban buscando problemas. Y cuando bajamos a la parte de abajo, al antiguo establo… fue el acabose.

El suelo de arriba, el de la vivienda, estaba sostenido por vigas de madera antiguas. Vigas gruesas y fuertes, pero ya se veían retorcidas por el paso del tiempo. Algunas tenían algunas grietas, otras estaban un poco combadas.

Se miraron entre ellos. Y nos dijeron que ya nos llamarían cuando tomaran una decisión, pero sabíamos que no lo harían. Y no lo hicieron.

Y se fueron. Así, sin más. Sin mirar atrás. Una mirando el campo de alrededor como con lástima, otro mirando el móvil. Y yo me quedé allí, en la puerta, viendo cómo se marchaban. Y pensé lo mismo que tú estarás pensando: esos dos ya estaban buscando un piso en la ciudad antes de llegar a la carretera.

 

La segunda visita

Unos días después vino otro interesado. Esta vez era un hombre solo, joven también, pero distinto. Tenía gafas y ojos calculadores. Era informático, según nos dijo.

Entró, y no se fijó mucho en el techo o en las paredes. Se quedó mirando los enchufes, los cables…

—¿Aquí llega fibra? —fue casi lo primero que preguntó.

Mi padre me miró, yo le miré a él… y ya sabíamos la respuesta.

—Bueno… yo creo que sí, aunque a veces llega menos señal —dije yo, intentando suavizarlo.

Sacó el móvil y empezó a comprobar la cobertura. Caminaba de un lado a otro, levantando el brazo, acercándose a las ventanas.

—Aquí no hay señal estable —dijo al final—. Y los cables… —se agachó a agarrar un enchufe— esto habría que cambiarlo entero.

Suspiró y se levantó. Entonces, nos explicó que su trabajo dependía completamente de internet. Que necesitaba velocidad, estabilidad… y que allí no lo iba a tener. Que el precio y la casa estaban bien, pero que, si no podía trabajar, le era imposible estar allí.

Otra puerta que se cerraba. Ya empezábamos a estar afectados y desilusionados… Pero lo peor vino después.

 

Nos dijeron que no teníamos vergüenza

Había pasado ya casi un mes desde que pusimos la casa en alquiler cuando vino una mujer desde Madrid con su hijo. Solo por el viaje que se habían hecho, ya pensábamos que venían en serio.

Pero desde el momento en que cruzó la puerta, supe que aquello no iba a salir bien.

La mujer entró con una cara que parecía que estaba oliendo vinagre… Miraba los techos, cada esquina, se agachaba y tocaba el suelo, pasaba la mano por las paredes… se asomaba por las ventanas.

—Esto está muy descuidado —soltó con desprecio y decepción…  Como si nos estuviera riñendo.

Su hijo no decía nada. Pero, cada vez que cruzaba miradas con la madre, parecía estar diciéndole que salieran de allí.

Cuando terminó de ver, absolutamente, toda la casa. Volvió al salón y se paró en frente nuestra:

—El suelo está hundido allí… ¿lo ven? Eso no es normal— comentó señalando unas tablas que había en la habitación que estaba pegada al salón.

—Está llena de humedad, hace frío y algunas maderas tienen agujeros y pueden estar podridas por debajo…— continuó.

Yo no sabía que decir. Me daba miedo de abrir la boca, pero estaba enfadada por el tono. Cada vez que miraba a mi padre, lo veía avergonzado e intimidado.

—Además, el establo está debajo de la casa y no hay ningún tipo de aislamiento. ¿Ustedes saben que los vapores de los excrementos se filtran por el suelo y los acabáis respirando todo el día? Eso es malísimo para la salud… Como se nota que no vivís aquí. Y encima, querréis que alguien os lo alquile. No tenéis vergüenza… Para que se nos caiga la casa encima.

Acabó diciéndonos que había perdido tiempo y dinero viniendo hasta allí. Que eso no se hacía. Que teníamos que poner la casa en condiciones y dejar de intentar engañar a la gente.

Se fue dejándonos allí, sin despedirse. Y os juro que ese silencio pesaba más que todo lo que había dicho.

 

Al final decidimos restaurarla

Cuando se fueron, mi padre arrastró una silla y se sentó. No dijo nada durante un buen rato. Yo me senté a su lado.

—No lo entiendo —me dijo al final—. Yo me crie aquí. Mis padres vivieron aquí toda la vida. Nunca nos pasó nada. Hemos vivido con alguna arañita por ahí, a veces olía a campo… En invierno se pasaba frío… Pero hemos vivido bien, felices y sanos. ¿Por qué dicen estas cosas?

Y tenía razón. Era verdad. Allí se había vivido siempre. Con frío, con calor, con olores… pero se había vivido.

Yo le puse la mano en el hombro.

—Papá… no es que esté mal… es que ahora se ve distinto. Antes para nosotros esto era normal, pero para la mayoría de la gente de ahora es como sacarlos de la cama y ponerlos a dormir con paja en el suelo.

—Podemos pedir un préstamo —continué—. Arreglarla y hacerla más cómoda. Y luego alquilarla o venderla.

Mi padre automáticamente negó con la cabeza. Tenía miedo de cambiar la casa de sus padres, donde se había criado… pero, poco después, suspiró y me dijo que sí. Que adelante. Prefería eso a que se acabara cayendo con los años y se perdiera para siempre.

Y ahí empezó otra historia.

 

Preguntando a mi amigo por el presupuesto que podía esperar

Yo había vivido un tiempo en Alicante, y allí hice amistad con un chico que trabajaba en una empresa de reformas llamada SINEXIA. Así que le llamé para que me dijera qué precio podía esperar… Porque, la verdad, ese asunto me preocupaba.

—Mira —le dije—, es una casa de piedra, vieja, con suelo de madera, problemas de humedad, instalación eléctrica antigua…

Su risita sarcástica me dio una pista.

—Prepárate —me soltó—. Porque eso es una reforma de las grandes.

Me explicó que solo el suelo, si había que cambiar vigas, podía subir bastante. Que la humedad en casas así suele requerir tratamiento en las paredes, drenaje, ventilación…

—¿Cuánto me va a salir? —le pregunté.

Hubo un silencio.

—Depende mucho, pero… entre 40.000 y 80.000 euros posiblemente. Y si el techo está mal, más.

Aquello me encogió todo el estómago. Me iba a endeudar mucho si seguíamos adelante…

Se lo conté a mi padre esa misma noche. Y, al ver mi preocupación, me dijo que iba a poner todos sus ahorros en esto. Así que el presupuesto que nos iba a costar se quedó a menos de la mitad. Yo me levanté y le di un abrazo. Al ver que se le ponían los ojos vidriosos mirando la casa, supe que no quería dejar morir la casa de sus padres y, que eso que estaba haciendo, era muy importante para él.

Así que iba a encargarme de que todo saliera bien.

 

Restaurando el suelo y los cimientos

Me encargué de que viniera una buena empresa de reformas y, cuando empezaron a trabajar los albañiles, empezaron las sorpresas. Y no de las buenas.

Levantaron el suelo y apareció lo que ya sospechábamos… y algo más. Había carcoma en varias vigas. Algunas estaban huecas por dentro. Otras directamente podridas.

El jefe de obra nos lo dijo claro:

—Demasiado ha aguantado esto sin caerse…

Ahí fue cuando me dio un escalofrío. Porque sí, nunca había pasado nada… pero podría haber pasado. Recuerdo la de veces que había corrido por esa casa cuando era pequeña y, ahora, de mayor, cómo andaba sin cuidado, cargaba cosas… En fin. Al final, puede que la mujer tuviera razón y estábamos siendo unos irresponsables.

 

Cambiaron vigas, reforzaron la estructura, nivelaron el suelo. Fue un trabajo de varias semanas, ruidoso y muy caro. Pero necesario si queríamos que la casa siguiera en pie.

 

Arreglando los problemas de humedad y el sistema eléctrico

Luego vino la humedad. Picar paredes, aplicar tratamientos, mejorar la ventilación… Cuando terminaron, noté algo diferente en la casa. El ambiente no era el mismo… Era como más íntimo, más cerrado y hogareño. No hacía el frío de siempre y no olía a cerrado.

La instalación eléctrica fue otro mundo. Los cables eran demasiado viejos, estaban todos apilados y enredados detrás de las paredes, algunos estaban pelados. Nos dijeron que aquello era muy peligroso y hubo que cambiarla entera.

 

El techo, una de las cosas más caras

El techo fue lo que más dolió, económicamente y emocionalmente.

Había partes que estaban bien, pero otras no. La madera estaba mal colocada… Normal, en esas casas, cuando una madera estaba mal, se cambiaba por otra… Muchas veces la que encajara en el hueco. Había unas más largas y viejas, otras más cortas y nuevas… En fin, un desastre. No había aislamiento, muchas de las tejas eran viejas. Por ahí se colaba el agua de la lluvia.

Era todo muy caro, pero nos explicaron que, si no se arreglaba, todo lo que habían hecho hasta ahora no serviría de mucho. Así que tuvimos que hacerlo.

 

El resultado final

Cuando terminó todo, no parecía la misma casa. Pensé que eso le dolería a mi padre, pero, al contrario. Mi padre ahora la miraba con otros ojos. Incluso llegó a decir que igual se mudaba allí y alquilaba la suya.

Y yo lo entendí. Porque ahora sí apetecía quedarse. Estaba incluso mejor que la suya.

Al final, me quedo con una cosa. A veces uno cree que lo de toda la vida está bien solo porque nunca ha pasado nada malo por vivir así. Pero cuando alguien de fuera lo ve, puede ver cosas que no ves y, aunque duela, puede que tenga toda la razón.

Sinceramente… no me habría gustado que la casa se le cayera encima a nadie.

Ahora está bonita, cuidada, llena de vida, otra vez. Y sí, ha valido la pena cada euro que hemos gastado.

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